


Enrique San Francisco
Begoña Tormo
Fernando Arrabal
Lorena Verdún
José Luis López Vázquez
Paula Vázquez
Javier Krahe
Ángela Molina
Rafael Reig
Trinidad Jiménez
Paul Naschy
Mercedes Sampietro
Rosendo Mercado
Remedios Cervantes
Alfredo Galán
Juan Tamariz
Espido Freire
Luis Alberto de Cuenca
Luz Casal
El Padre Apeles
Ángela Vallvey
Manu Leguineche
Elsa Pataky
Santiago Segura
Charo López
Fernando Marías
Leonor Watling
David Beckham
Esperanza Aguirre
Sebastián Álvaro
Nadiuska
Fernando Savater
Abraham García
David Torres
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Cuarto oscuro
(El prólogo del libro)

En enero de 2005, cuando comencé a colaborar en el suplemento
M2 de El Mundo, le pedí a su director de entonces, Fernando Baeta,
si me dejaría escribir en mi columna de los jueves un retrato
semanal de un personaje de la farándula, la política,
el cine, el deporte o la literatura. Baeta estuvo encantado con el proyecto
y sólo me puso dos condiciones: que los personajes fuesen atractivos
para el gran público y que estuvieran más o menos vinculados
con la ciudad de Madrid, que era y sigue siendo el eje temático
del suplemento M2. Por mi parte yo me puse otra condición: saltar
alternativamente de un sexo a otro cada jueves.
No nos entendimos, sin embargo, en otra cuestión: yo quería
fotografías que ilustraran los retratos pero Baeta prefirió
caricaturas. Lo cierto es que aquellos originales y vistosos dibujos
encajaban mejor con el diseño de la página, pero desvirtuaban
la entidad del proyecto original porque cada retrato llevaba incluida
su propia caricatura. Para mí, la gracia consistía en
que el lector leyese el texto a la par que miraba la foto del personaje
y estableciese de inmediato las correspondencias visuales que habían
llevado hasta una hipérbole o una metáfora.
En mi recuerdo estaba, como modelo inalcanzable, Señoras y señores,
la extraordinaria pinacoteca literaria que Juan Marsé escribió
para la revista Por favor a mediados de los 70 y que Planeta editó
en un volumen hoy extinguido. En ellos aparecía, a la izquierda,
un fotografía en blanco y negro, y a la derecha, el magnífico
retrato de Marsé. Ésa es la idea que germinó en
mi cabeza cuando, en las postrimerías de 2007, mi gran amigo,
el escritor y editor Román Piña leyó algunas de
las páginas y me llamó para proponerme la idea de editar
estos retratos.
En este volumen se ha incluido la práctica totalidad de los textos
que fui publicando casi cada jueves en el M2 desde enero de 2005 hasta
febrero de 2006, incluyendo actrices, escritores, presentadoras de televisión,
cantantes, poetas, reporteros, políticos, futbolistas, un mago,
un filósofo, un cura y un asesino. La nostalgia, el humor, la
ironía pero nunca la saña hicieron de carrete y de película.
Incluyo aquí el retrato de Luz Casal, último que escribí,
que nunca fue publicado por razones de fuerza mayor (publicidad, creo
que la llaman) y el de Abraham García, que hice como prólogo
para su libro de casquería De tripas corazón y que me
ha salido ligeramente más largo que los 3.470 caracteres preceptivos
de la columna: Abraham siempre va en cinemascope.
Concluye la galería un autorretrato bastante indulgente porque,
como advertía Nietzsche, nunca conviene mirar a fondo un abismo.
No he tocado apenas los textos más que para corregir algunas
expresiones y cambiar ciertos adjetivos reiterativos que, de jueves
a jueves, puede que no se notaran mucho, pero de una página a
otra más bien sí. Al hacerlo, me he dado cuenta del trabajo
que me llevó cada uno de ellos, bastante más considerable
que el de una simple columna, que muchas veces (especialmente en el
caso de ciertas señoras) me desesperó, tentándome
con la idea de tirarlo todo por la borda y ponerme a hablar del tiempo,
por ejemplo. También he visto, con una mezcla de estupor y resignación
paterna, que en la mayor parte de las mujeres la mano se me iba hacia
el campo semántico de las hadas y las princesas, mientras que
la mayoría de los señores se vestía de terminología
eclesiástica. Caprichos de la cámara.
Contad si son 3.470 y está hecho.

Por ejemplo...
Remedios Cervantes
Hay mujeres que son bellas pero no saben qué hacer con su belleza.
Cargan con ella a cuestas como si llevaran un abrigo muy caro, una
piel de visón que luego no saben dónde dejar, por miedo
a que se la roben, a que algún patoso vierta encima un vaso
de limonada en una fiesta. Unas van por la vida y por las fiestas
acomplejadas, intentando no hacerse notar, conscientes de que la belleza
es una trampa mortal, un cepo inmisericorde que se cierra de golpe
sobre los hombres. Luego se pasan la noche arrepentidas, oyendo los
chillidos del macho atrapado entre sus pestañas. A otras les
encanta escuchar los gemidos de las presas locas de amor, los exabruptos
y piropos pasados de moda, las llamadas de teléfono a deshoras
con un silencio ronco al otro lado de la línea.
Esta mujer, en cambio, ha sabido sobrevivir a su belleza, convive
a diario con ella sin dejar cadáveres a su paso, aunque los
ascensores y los pasillos estrechos acaben llenos de zarpazos y rasguños
de perfume. La verdad, el teléfono no deja de sonar toda la
noche, pero ella no hace ni caso. Al fin y al cabo, la suya es una
hermosura salvaje, sin domesticar, a la que, no obstante, ha logrado
poner marco –no collar– como si fuese una obra de arte.
Lo es, de hecho. En el rostro, delicado y fragoroso, en los largos
pómulos, en las mejillas nítidas, hay un recuerdo del
Greco, de esas caras alargadas que se volvían hacia los cielos
como cirios ardientes. Los ojos son profundos y místicos, tanto
que al fondo se adivina uno de esos bodegones tristes pintados por
Zurbarán, hechos de madera oscura, botellas de vino, sueños
de niña solitaria. Todo orlado por una melena impresionista
del color de un bosque bávaro al amanecer, por ejemplo.
Las referencias vegetales son obligatorias. La piel es tan pálida
que parece llevar savia en vez de sangre y los brazos se mueven con
la gracia de ramas que dieran manos en lugar de hojas: Dafne vuelta
a la vida después de quitarse de encima al pesado de Apolo
y a los dioses mirones de turno. Toda ella parece una ninfa prerrafaelita
después de salir del baño, una melancólica musa
de Klimt chorreando de otoño.
Es una mujer para adorar de lejos, porque duele sólo mirarla.
Las piernas son interminables y la cintura una línea de agua.
No necesita corsé porque no hay forma humana de apretar la
luna. Los suspiros y las cámaras la siguen allá donde
vaya, aunque la impresión que da, sin querer, es la de unas
cuantas moscas enloquecidas de luz ante una ventana, unas polillas
parpadeando ante el cirio letal del Greco, un astronauta sobrecogido
ante el silencio impávido de los astros.
Porque siempre está callada, silente, misteriosa. Como si estuviera
cansada de ser tan bella. Harta ya de leerme, de escuchar a todas
horas lo hermosa que es. Como si no hubiera nada más fuera
de la belleza, como si el triángulo de la base del cuello fuese
sólo una gotera de besos, los tobillos y muñecas, grilletes
de caricias, y el planisferio navegable de la espalda un mar de azúcar.
Como si fuese todavía, únicamente, una escultura viva,
y no se mereciese su apellido. No una mujer propicia a la risa, la
amistad y la ternura, sino sólo la escultura, el cuadro, la
fotografía.
Por cierto que, en las fotos, la boca casi siempre permanece entreabierta,
como si estuviese a punto de decir algo y hubiera decidido callarse.
Los labios se curvan siempre a punto de sonreír. El pelo a
punto de arder. Todo está a la espera. Lástima que nunca
descuelgue el teléfono.
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